Ciego camina el cuerpo idolatrado hacia los brazos ciegos que lo esperan
Ciego camina y despiadadamente,
pues nada puede amar sino el recíproco
frenesí de ese instante, la impostura
con que borrar las ansias venideras.
Delicuente y sin marcha al mismo tiempo
¿quién sería llamado más culpable:
el postrero dolor o el gozo
que lo engendra?
¿De cuál de ellos puede
ser vengador el propio desconcierto:
del labio que beso mientras hería
o de aquel que sedujo con traiciones?
Sobre el cuerpo entregado, sierpe
adorable, la inmundicia se arrastra,
pende del pecho puro, se retuerce
buscando lo más negro. La prohibida
alianza, débil ya, se extasía,
funda sin desearlo
la última tregua de su acabamiento.
Ya cumplido el destino, no sirve su decoro,
porque el error es recordar y nadie
puede seguir amando mientras
destituye la vida a la esperanza.
Entonces el deseo como un lastre
naufraga en la memoria, y es preciso
que ocurra así y que el fondo
funeral de su fiebre sea lavado
para que todo amor cumpla su órbita:
vaya de lo más vil a lo más puro.
José Manuel Caballero Bonald